Problemas del primer mundo.
Muchas veces pensamos que no tener la ropa combinada o si algún
ingrediente faltó en nuestra receta puede ser una situación de vida o muerte,
pero en la mayor parte de los casos, no lo es. No hay que desmerecer la
importancia de los problemas, y para esto es importante definir a “los
problemas” como algo que queremos resolver, porque en el caso de que no queramos
resolverlo, deja de ser un “problema”.
En el primer mundo se discutiría, no solamente si los
zapatos para realizar determinada actividad son cómodos, también podría ponerse
en tela de juicio si dichos zapatos están a la moda. Realmente se pueden llegar
a generar batallas mortales entre hermanes y amiges por dichas predisposiciones
a las cosas.
Recuerdo que durante una fuerte crisis económica en
Argentina en el 2001, no pude realizar el viaje de fin de curso por que no estábamos
económicamente bien para que me fuera de vacaciones con el colegio, y a las dos
horas de que mi madre me comunicara la decisión, fatal para mí en ese momento,
una vecino le pidió 10 dólares prestados, con lágrimas de vergüenza en la cara,
porque no tenían que comer esa noche con su familia.
También personas que nacen en situación de pobreza en el primer mundo pueden tener un análisis similar. Es impresionante ver personas en la pobreza como eslabones de las sociedades más ricas del mundo.
Las dificultades tercermundistas en muchos casos hacen que las personas, inmersas en la necesidad de resolver algo con pocos elementos, se les otorga la oportunidad de generar una capacidad de resolución de problemas de mayor complejidad con menos cosas. Al emigrar, muchas veces somos más valorados en determinados trabajos a la hora de tomar decisiones, pero en el caso de que no supiéramos sacar algo positivo de las adversidades, o en el caso opuesto, esa persona puede frustrarse y terminar desconfiando de la sociedad en su totalidad y optar por comportamientos individualistas y corruptos.
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